Falsas apariencias

Había sido una cita prácticamente perfecta. De hecho, no podía creer que hubiera conocido a un hombre así a través de una aplicación. Era inteligente, divertido y, ¿para qué engañarse?, muy atractivo. 

Mantuvieron una conversación interesante durante la cena, y luego fueron a tomar una copa. Bailaron, rieron, y todo iba genial, hasta que empezó a encontrarse indispuesta. Se sentía algo mareada y desubicada, así que pensó que lo mejor era terminar la cita. 

Cuando le dijo que no se encontraba bien y que iba a irse él enseguida se ofreció a llevarla a casa. “No deberías conducir si estás mareada”, dijo. Y ella accedió, porque realmente no estaba segura de poder llegar a su casa. Así que subió al coche, bajó la ventanilla del lado del copiloto y le dio su dirección. Tal vez fue el aire, o puede que el estar sentada un rato, pero comenzó a sentirse mejor. Así que cuando llegaron a su casa le invitó a entrar. 

Pasaron al salón, y él insistió en que se sentara y le dijera donde estaba la cocina para preparar algo de beber. Ella le indicó el camino y le dijo que se sirviera. Volvió con una cerveza y un refresco, y le tendió este último. “Aunque estes mejor no deberías beber alcohol”.

Se sentó a su lado y continuaron hablando durante un rato, pero empezó a marearse de nuevo, así que le pidió que se fuera. Temía que reaccionara mal, pero no fue así. Él lo entendió perfectamente. Se levantó, la besó en la frente y prometió llamarla al día siguiente para asegurarse de que estaba mejor. Cogió las llaves del coche de la entrada y se fue. Ella sonrió y se metió en el dormitorio. 

Realmente no se encontraba nada bien, así que se quitó los zapatos, tiró el bolso sobre la silla y se metió en la cama sin tan siquiera desnudarse. 


No sabía cuanto tiempo llevaba dormida,pero la despertaron unos ruidos extraños. Al principio no sabía muy bien si estaba despierta o era un sueño, pero enseguida se dio cuenta de que estaba muy despierta. Y de que había alguien en su casa. 

Se levantó de la cama en silencio y buscó su bolso. Por suerte no había sacado nada cuando llegó, así que su móvil estaba dentro. Gateo hasta un rincón y, escondida tras una cómoda, llamó a la policía. 
Sin atreverse a levantar la voz más allá de un susurro le explicó la situación a la operadora que atendió su llamada, rezando porque entendiera bien la dirección y rogando que se dieran prisa. La mujer le aseguró que estaba enviando una patrulla y le pidió que se mantuviera tranquila y que no colgara el teléfono.

No podría decir cuanto tardaron. Cada poco tiempo la mujer que estaba al teléfono se aseguraba de que siguiera ahí y estuviera bien. Seguramente fueron pocos minutos, pero a ella le parecieron horas. 

Finalmente escuchó unos golpes en la puerta del dormitorio. El corazón le dio un vuelco. “Viene a por mi” pensó. Pero enseguida una voz masculina le informó de que ya estaba a salvo, la policía estaba allí.
 
Se levantó, con los músculos encogidos por la tensión, y, al ver entrar al policía, rompió a llorar. Pidió perdón. “Son los nervios” dijo. El policía le aseguró que no pasaba nada, que era normal, y le pidió que se sentara. Le dijo que, efectivamente, había un hombre en su casa, y le preguntó si le importaba ver una fotografía por si podía identificarle. Asintió con la cabeza, y el policía le mostró la fotografía en una tablet. 

No. No podía ser él. No lo podía creer.

Tuvo que explicarle todo al policía. Que acababa de tener una cita con ese hombre. Porque tal vez todo hubiera sido un error. Quizás se había dejado algo y había vuelto a por ello. Pero, entonces, ¿cómo había entrado?

Tras escuchar toda la historia el policía le pidió que no saliera de la habitación y se dirigió al pasillo. Pasaron varios minutos, en los que no dejó de escuchar voces, pero nadie acudía a explicarle qué estaba pasando. Finalmente se decidió a salir. 

Cuando llegó a la puerta del salón un policía la detuvo, pidiéndole que volviera a la habitación. Cuando ella insistió, el muchacho (que parecía haber salido de la academia tan solo unos días antes) le dijo que era por su bien, que no querría ver “eso”. Pero solo consiguió avivar su deseo de entrar, así que se zafó de él. Y lo que vio no iba a poder borrarse de su memoria jamás. 


El suelo y los muebles estaban cubiertos de plástico, y la mesa se había convertido en una camilla de tortura improvisada, situada en el centro del salón. Sobre el sofá, dispuestos en perfecto orden, como si se tratara de material quirúrgico, había cuerdas, cuchillos, pinzas y varias cosas que no quería ni imaginar para qué servían.
El policía que había hablado con ella antes fue corriendo a sacarla del salón. La arrastró hasta la cocina, donde la obligó a sentarse. Quería que asimilara lo que había visto antes de que hiciera ninguna pregunta. Pero ella solo tenía una pregunta. No quería saber qué pensaba hacer con ella ese lunático. No quería saber por qué. Sólo quería saber cómo. ¿Cómo había entrado en su casa? ¿Cómo había conseguido montar su cámara de tortura sin despertarla?


Según la confesión del sujeto, la respuesta a la segunda pregunta era obvia: la había drogado. En dos ocasiones. Primero había puesto algo en su copa en el bar, y después, ya en su casa, en el vaso de refresco que se había ofrecido a prepararle amablemente. Por suerte, en ambas ocasiones había medido mal la dosis. Por eso había mejorado su malestar mientras la llevaba a casa. Y por eso se había despertado antes de tiempo.

Su plan era que perdiera el conocimiento en el coche, buscar las llaves en el bolso y entrar en el piso. Pero tuvo que recurrir al plan B. Así que, cuando entraron en la casa, dejó las llaves del coche junto a sus llaves y, cuando salió, cogió las dos. Dejó pasar el tiempo que consideró necesario para que ella estuviera completamente dormida y entró de nuevo en el piso, dispuesto a llevar a cabo el resto de su plan. 
Así que, en pocas palabras, estaba viva gracias a que el chico era un novato y no había calculado bien las dosis. 


Ella no podía dejar de temblar, y las lágrimas se escurrían por su mejilla, así que el policía le pasó un brazo por encima del hombro intentando reconfortarla. Le dijo que no se preocupara, que todo iba a ir bien. Después, intentando quitarle hierro al asunto, le dijo que no iba a volver a tener una cita en mucho tiempo. “Y seguro que tu tampoco”.

Pero el policía se equivocaba. Puede que él no volviera a tener una cita en mucho tiempo. Pero ella no iba a volver a tener una cita nunca.

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