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Mostrando entradas de abril, 2020

La elección

Cuando desperté me sentí confusa. No sabía muy bien donde estaba ni cómo había llegado allí. “Supongo que ayer bebí demasiado”. Respiré hondo para coger fuerzas e intenté levantarme. Y entonces fue cuando noté las cadenas. Abrí los ojos de golpe. Mi corazón se acelero, y me costaba respirar. Mi pecho se agitaba intentando coger un aire que no terminaba de llegar bien. Miré a mi alrededor. Estaba en una pequeña habitación, apenas iluminada por una bombilla que colgaba del techo. Las paredes y el suelo eran de  piedra, y el único objeto que podía ver eran las cadenas que sujetaban mis manos a la pared. Intente gritar, pero no pude. Sabía que necesitaba mantener la calma, pero no era capaz. Agité las cadenas y empecé a patalear. No sé si fue por el ruido o me estaba vigilando, pero justo en ese momento apareció. Me acercó un vaso de agua, pero apenas me dejó mojarme los labios. “Poco a poco”, me dijo. Le pregunté que quién era, que por qué me había encerrado. “Todo a su tiempo”, ...

Mamá

Se acercó a mí, y  noté como un escalofrío recorría mi espalda. “En algún momento me acostumbraré”, pensé. Es pequeño, y quiere jugar, y yo no sé cómo explicarle lo que pasa. Que yo no soy su mamá. Que yo nunca he tenido hijos. Que acabo de mudarme a esa casa, que supongo que antes fue la suya. Había escuchado las historias, claro, pero ¿quién iba a creer que era cierto? Es la típica historia que los niños cuentan para aterrorizar a sus hermanos pequeños. “Una mujer ahogó a su hijo en esa casa y ahora el fantasma del niño la recorre buscando a su mamá. Venga, entra si te atreves. ¿O es que eres un gallina?”.  Pues esta vez el cuento es real, y yo me he convertido en la mamá de este pequeño,  que tan solo busca el cariño que no encontró en vida.

Sueños

Un hombre la perseguía a través de un bosque. No sabía por qué, nunca lo recordaba. Justo en ese momento consiguió verle la cara, y era la de Sam. Por más que ella gritó su nombre, el seguía persiguiéndola. De repente vio un resplandor metálico, y se dio cuenta de que Sam tenía un cuchillo en la mano.  -  ¡Sam! ¡Sam! Juliet se despertó gritando y empapada en sudor. Había tenido un sueño horrible. Aunque era algo habitual en las últimas semanas, este había sido especialmente vivido.  Miró el reloj. Las 3:45. Estaba demasiado alterada en ese momento, así que se levantó de la cama y fue a la cocina a por un vaso de leche. Eso siempre le ayudaba a calmarse. Sabía que tan solo era un sueño, que Sam jamás le haría daño, pero... esa sensación... no conseguía librarse de ella. Era demasiado real para olvidarlo fácilmente. Juliet conoció a Sam tres años atrás, en el último curso de la universidad, y supo enseguida que tenían una historia por delante. No se equivocaba. A l...

Falsas apariencias

Había sido una cita prácticamente perfecta. De hecho, no podía creer que hubiera conocido a un hombre así a través de una aplicación. Era inteligente, divertido y, ¿para qué engañarse?, muy atractivo.  Mantuvieron una conversación interesante durante la cena, y luego fueron a tomar una copa. Bailaron, rieron, y todo iba genial, hasta que empezó a encontrarse indispuesta. Se sentía algo mareada y desubicada, así que pensó que lo mejor era terminar la cita.  Cuando le dijo que no se encontraba bien y que iba a irse él enseguida se ofreció a llevarla a casa. “No deberías conducir si estás mareada”, dijo. Y ella accedió, porque realmente no estaba segura de poder llegar a su casa. Así que subió al coche, bajó la ventanilla del lado del copiloto y le dio su dirección. Tal vez fue el aire, o puede que el estar sentada un rato, pero comenzó a sentirse mejor. Así que cuando llegaron a su casa le invitó a entrar.  Pasaron al salón, y él insistió en que se sentara y le dijera...

El hombre pintado

El arte siempre ha ejercido una extraña fascinación sobre los seres humanos. Y Mary no era una excepción. Podía pasar horas y horas recorriendo museos, perdida en las realidades atrapadas en las pinturas. Pero esta vez fue algo distinto, algo inefable. Encontró el cuadro por casualidad, en un mercadillo. Una de esas gangas que no sabes muy bien si provienen del vertedero o de un robo. Era... no tenía palabras, se quedó absolutamente prendada. Tenía que hacerse con el como fuera. Mary era una gran aficcionada al arte, pero nunca había tenido espacio ni dinero para convertirse en coleccionista. Sin embargo, tenía que hacerse con ese cuadro. No es que fuera especialmente bonito, ni que tuviera una técnica impresionante, pero... Realmente era el cuadro más maravilloso que había visto en su vida. Tras un breve regateo con el vendedor, consiguió llevárselo a casa por tan solo cincuenta euros. No sabía si había pagado de mas o de menos, pero no le importaba. Fue directa a casa para busc...

La mesa

Despertó. No recordaba haberse quedado dormido. ¿Dónde estaba? Hacía frío. Al intentar abrir los ojos se dio cuenta de que no podía. La angustia iba llenando su pecho al notar que ninguna parte de su cuerpo respondía a su voluntad. Y ese frío… Estaba en el ambiente, pero también bajo él, en la cama. Espera… No era una cama. Era… era duro y frío, como metal. Como una mesa de operaciones. ¿Por eso no podía moverse? ¿Estaba en un quirófano? Tal vez la anestesia no hubiera funcionado bien. Pero... ¿una operación? ¿Por qué? El frío no le dejaba pensar. Escuchó una puerta y unos pasos. Alguien se acercaba. ¿El médico tal, vez? Intentó hacerle ver que estaba consciente, pero seguía sin poder mover ni un solo músculo de su cuerpo. Y ese frío... Empezó a escuchar el ruido metálico que indicaba la preparación del material, y su angustia creció hasta convertirse en histerismo. Quería gritar que estaba despierto, que se detuvieran, pero no conseguía arrancar ni un susurro de su garganta...

Nostalgia

Veinte años. Hacía veinte años que no pasaba por allí. Era todo tan distinto... Todo había cambiado. De las tiendas que había cuando era niño solo quedaba un pequeño bar, el del señor Gregorio, ahora regentado por sus hijos. ¡Cuántos refrescos había tomado allí mientras su abuelo jugaba al mus! Y allí estaba. Su edificio. Su casa. La que fue y siempre sería su hogar. Habían pintado la fachada de color salmón, aunque debía hacer un tiempo, porque ya se notaba el desgaste. El portal era más moderno que en su infancia, pero seguía siendo rojo. No tenía el encanto de las enormes puertas de  madera que recordaba. Supuso que el nuevo portal, una cristalera con barrotes rojos, encajaba mejor con el también modernizado barrio. Pero, a pesar de todos los cambios, allí estaba. Su hogar, su principio, sus raíces. El lugar en el que había sido tan feliz como nunca volvió a serlo. El único lugar en el que fue feliz. Empezó a preguntarse si quedaría alguno de los que fueron sus vecinos. B...

Siempre tuya

Aquella noche intenté esconderme, pero fue inútil. No podía escapar de ti, nunca pude. Tenía que ser tuya fuera como fuera, lo dejaste bien claro. Daba igual lo que yo quisiera. Más bien, daba igual que ya no te quisiera, que no quisiera estar a tu lado. Bueno, al final las cosas han salido justo como deseabas. Ya me tienes. Tienes lo que querías. Mientras me golpeabas una y otra vez me dijiste que querías que fuera tuya, siempre tuya, y que nunca sería de nadie más. No grites, aquí estoy. Ya estoy contigo, de nuevo a tu lado. Y ¿sabes? Esta vez es para siempre, te lo prometo. Gracias a ti, ni siquiera la muerte ha podido separarnos.

Confesión

- Señor, está preparada. Va a confesar. El teniente Nichols se dirigió hacia la sala de interrogatorios. Aún no podía creer que se hubiera presentado allí dispuesta a admitir su crimen. Entró en la sala, donde encontró a una mujer de unos veinticinco años, con una larga cabellera oscura. La mujer fijó sus ojos en él. Era muy atractiva. Lástima que tambien fuera una asesina. - Bien, señorita Risse... - Llámeme Angie. - Angie... ¿Cómo y por qué le mató? - Veo que va directo al grano. - Ya ha admitido su culpa. ¿Por qué andarnos con rodeos? - Porque necesito dar rodeos para que me entienda. ¿Quiere su confesión? Tendrá que escucharme. - Tiene toda mi atención. Nichols estaba intrigado. Había cometido el error de caer en la trampa y dejarse seducir por ese aire de femme fatale. La mujer sacó un cigarrillo y lo encendió. - Lo siento, pero no puede fumar aquí. - Yo no diré nada si usted tampoco lo dice.. . La joven hizó una pausa, y se dispuso a contar su historia. - C...