La elección
Cuando desperté me sentí confusa. No sabía muy bien donde estaba ni cómo había llegado allí. “Supongo que ayer bebí demasiado”. Respiré hondo para coger fuerzas e intenté levantarme. Y entonces fue cuando noté las cadenas. Abrí los ojos de golpe. Mi corazón se acelero, y me costaba respirar. Mi pecho se agitaba intentando coger un aire que no terminaba de llegar bien.
Miré a mi alrededor. Estaba en una pequeña habitación, apenas iluminada por una bombilla que colgaba del techo. Las paredes y el suelo eran de piedra, y el único objeto que podía ver eran las cadenas que sujetaban mis manos a la pared.
Intente gritar, pero no pude. Sabía que necesitaba mantener la calma, pero no era capaz. Agité las cadenas y empecé a patalear.
No sé si fue por el ruido o me estaba vigilando, pero justo en ese momento apareció. Me acercó un vaso de agua, pero apenas me dejó mojarme los labios. “Poco a poco”, me dijo. Le pregunté que quién era, que por qué me había encerrado. “Todo a su tiempo”, contestó. Y entonces comenzó.
Al principio solo fueron golpes. Puñetazos, patadas, algún tirón de pelo… Yo no entendía nada, y solo quería saber por qué a mi, por qué quería hacerme daño.
No se cuanto tiempo pasó. No había luz exterior, ni me traía comida de forma regular. Nada que me permitiera calcular cuánto llevaba encerrada.
Un día se cansó de los golpes. Empezó a traer cuchillos y a hacerme pequeños cortes por todo el cuerpo. Después me echaba cubos de agua helada y me dejaba allí, sangrando, empapada y muerta de frío.
Otras veces me quemaba. Si tenía suerte, con cigarrillos. Si no, con metal ardiendo. Era muy cuidadoso con esto. Calculaba muy bien que las marcas no quedaran a la vista, como puedes comprobar.
Luego pasó a meterme la cabeza en agua hasta que estaba a punto de ahogarme. A veces lo hacía con una bolsa de plástico. Supongo que no quería caer en la rutina. Dejaba que me recuperase y volvía a hacerlo. Una y otra vez.
Por último, comenzó a experimentar con la electricidad. Me ponía pinzas en diferentes lugares del cuerpo y me daba descargas. Cada vez más fuertes. Cada vez más prolongadas.
Había momentos en los que yo ya no estaba allí. Mi cuerpo permanecía sometido a las torturas, pero mi mente se desconectaba, incapaz de sentir más dolor. Solo quería que se cansara de una vez y me dejara morir.
Finalmente llegó el día en el que no podía más. Apenas tenía fuerzas, y me había rendido hacía tiempo. Así que, cuando escuché la puerta, me preparé para dejarme morir. Pero ese día fue distinto.
El hombre puso una silla frente a mi, se sentó y me miró a los ojos. Creo que era la primera vez que lo hacía. Recuerdo perfectamente todas y cada una de sus palabras.
“Ha llegado el momento de responder a algunas de tus preguntas. No te voy a decir quién soy, pero para que sepas por qué estás aquí sí necesitas conocer algo de mi”. Supongo que quería crear ambiente.
Me contó que un año antes él había despertado encadenado en una habitación de piedra. Que un hombre le torturó de mil maneras distintas, día tras día, hasta que casi no pudo más. Entonces el hombre le dio dos opciones: ser torturado hasta morir o quedar libre a cambio de hacerle lo mismo a otra persona.
Por eso me secuestró y me torturó. Era una elección fácil. Su vida a cambio de la de otro.
A veces me pregunto cuántos hubo antes que nosotros, como empezó todo esto. Pero supongo que nada de eso importa ya. Porque, como habrás imaginado, yo me enfrenté a la misma elección. Y escogí vivir. Por eso estamos aquí.
Y ahora es tu turno. Puedes morir ahora o seguir mi camino. Piénsalo bien. Te aseguro que no es fácil torturar a alguien. Y eso que no he sido ni la mitad de cruel de lo que ese hombre fue conmigo.
Y bien, ¿qué eliges?
Miré a mi alrededor. Estaba en una pequeña habitación, apenas iluminada por una bombilla que colgaba del techo. Las paredes y el suelo eran de piedra, y el único objeto que podía ver eran las cadenas que sujetaban mis manos a la pared.
Intente gritar, pero no pude. Sabía que necesitaba mantener la calma, pero no era capaz. Agité las cadenas y empecé a patalear.
No sé si fue por el ruido o me estaba vigilando, pero justo en ese momento apareció. Me acercó un vaso de agua, pero apenas me dejó mojarme los labios. “Poco a poco”, me dijo. Le pregunté que quién era, que por qué me había encerrado. “Todo a su tiempo”, contestó. Y entonces comenzó.
Al principio solo fueron golpes. Puñetazos, patadas, algún tirón de pelo… Yo no entendía nada, y solo quería saber por qué a mi, por qué quería hacerme daño.
No se cuanto tiempo pasó. No había luz exterior, ni me traía comida de forma regular. Nada que me permitiera calcular cuánto llevaba encerrada.
Un día se cansó de los golpes. Empezó a traer cuchillos y a hacerme pequeños cortes por todo el cuerpo. Después me echaba cubos de agua helada y me dejaba allí, sangrando, empapada y muerta de frío.
Otras veces me quemaba. Si tenía suerte, con cigarrillos. Si no, con metal ardiendo. Era muy cuidadoso con esto. Calculaba muy bien que las marcas no quedaran a la vista, como puedes comprobar.
Luego pasó a meterme la cabeza en agua hasta que estaba a punto de ahogarme. A veces lo hacía con una bolsa de plástico. Supongo que no quería caer en la rutina. Dejaba que me recuperase y volvía a hacerlo. Una y otra vez.
Por último, comenzó a experimentar con la electricidad. Me ponía pinzas en diferentes lugares del cuerpo y me daba descargas. Cada vez más fuertes. Cada vez más prolongadas.
Había momentos en los que yo ya no estaba allí. Mi cuerpo permanecía sometido a las torturas, pero mi mente se desconectaba, incapaz de sentir más dolor. Solo quería que se cansara de una vez y me dejara morir.
Finalmente llegó el día en el que no podía más. Apenas tenía fuerzas, y me había rendido hacía tiempo. Así que, cuando escuché la puerta, me preparé para dejarme morir. Pero ese día fue distinto.
El hombre puso una silla frente a mi, se sentó y me miró a los ojos. Creo que era la primera vez que lo hacía. Recuerdo perfectamente todas y cada una de sus palabras.
“Ha llegado el momento de responder a algunas de tus preguntas. No te voy a decir quién soy, pero para que sepas por qué estás aquí sí necesitas conocer algo de mi”. Supongo que quería crear ambiente.
Me contó que un año antes él había despertado encadenado en una habitación de piedra. Que un hombre le torturó de mil maneras distintas, día tras día, hasta que casi no pudo más. Entonces el hombre le dio dos opciones: ser torturado hasta morir o quedar libre a cambio de hacerle lo mismo a otra persona.
Por eso me secuestró y me torturó. Era una elección fácil. Su vida a cambio de la de otro.
A veces me pregunto cuántos hubo antes que nosotros, como empezó todo esto. Pero supongo que nada de eso importa ya. Porque, como habrás imaginado, yo me enfrenté a la misma elección. Y escogí vivir. Por eso estamos aquí.
Y ahora es tu turno. Puedes morir ahora o seguir mi camino. Piénsalo bien. Te aseguro que no es fácil torturar a alguien. Y eso que no he sido ni la mitad de cruel de lo que ese hombre fue conmigo.
Y bien, ¿qué eliges?
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