El juicio
Pobre Paul. Me duele tanto verle en esa situación… Parece incluso más pequeño, casi como un niño indefenso, y sus ojos están llenos de terror. El pobre no entendía nada. ¿Cómo iba a ser culpable?
Por lo visto todas las pruebas habían conducido hasta el, y no había ninguna duda. Paul era el asesino en serie que llevaban meses buscando. Diecinueve víctimas, ni más ni menos.
Nadie hubiera sospechado de él. Era joven, guapo y con talento, todo un triunfador. Tenía éxito en todo lo que se proponía, y tal vez todo esto era lo que le convertía en el asesino perfecto.
Sólo había un inconveniente: Paul se negaba a confesar. Se declaró completamente inocente, y no estaba dispuesto a ceder, así que el juicio iba a ser largo y complicado. Y a mí me habían llamado como testigo de la defensa.
A pesar de que Paul no tenía coartada para ninguno de los crímenes, esperaban que yo pudiera ser de alguna ayuda. Creían que podría recordar alguna fecha o algún momento en el que hubiéramos estado juntos mientras se producía alguno de los asesinatos.
Por supuesto acepté. No habíamos estado juntos ninguno de esos días, pero esperaba poder aportar algún detalle que ayudara a exculpar a Paul. A pesar de que todo parecía estar en su contra, yo confiaba ciegamente en su inocencia. No había más que mirarle para darse cuenta de que ese hombre era incapaz de hacerle daño a nadie, y mucho menos de infringir torturas sádicas a víctimas indefensas.
Pero, por encima de todo, sabía que era imposible que Paul fuera culpable. Porque ese asesino que buscaban era yo
Por lo visto todas las pruebas habían conducido hasta el, y no había ninguna duda. Paul era el asesino en serie que llevaban meses buscando. Diecinueve víctimas, ni más ni menos.
Nadie hubiera sospechado de él. Era joven, guapo y con talento, todo un triunfador. Tenía éxito en todo lo que se proponía, y tal vez todo esto era lo que le convertía en el asesino perfecto.
Sólo había un inconveniente: Paul se negaba a confesar. Se declaró completamente inocente, y no estaba dispuesto a ceder, así que el juicio iba a ser largo y complicado. Y a mí me habían llamado como testigo de la defensa.
A pesar de que Paul no tenía coartada para ninguno de los crímenes, esperaban que yo pudiera ser de alguna ayuda. Creían que podría recordar alguna fecha o algún momento en el que hubiéramos estado juntos mientras se producía alguno de los asesinatos.
Por supuesto acepté. No habíamos estado juntos ninguno de esos días, pero esperaba poder aportar algún detalle que ayudara a exculpar a Paul. A pesar de que todo parecía estar en su contra, yo confiaba ciegamente en su inocencia. No había más que mirarle para darse cuenta de que ese hombre era incapaz de hacerle daño a nadie, y mucho menos de infringir torturas sádicas a víctimas indefensas.
Pero, por encima de todo, sabía que era imposible que Paul fuera culpable. Porque ese asesino que buscaban era yo
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